
Hace casi dos años que te fuiste, y aún te siento aquí conmigo. Sé que a cada paso que doy estoy bajo tu protección, que desde el cielo que, a lo largo de tu religiosa vida te ganaste, me cuidas y me observas.
Tuve la desgracia de no disfrutar de mis abuelos como cualquier niño pequeño, pero tú ocupaste su lugar para mí. Yo te llamaba siempre tita, pero si alguna vez te llamé abuela, no te sentó mal ni te enfadaste, porque el hecho de que me confundiera te hacía sentir más querida, al ver que te comparaba con una figura tan importante en la vida de un niño.
Desde que era un crío, siempre que llegaba el fin de semana, lo esperaba impaciente porque sabía que iba a verte. Siempre cuidaste de mis hermanos y de mí como si fuésemos los hijos que nunca tuviste, tenías la nevera siempre repleta de los zumos que nos gustaban, las chocolatinas que nos gustaban… y en el armario de tu cuarto una caja de zapatos con muñecos para que jugara cuando iba a visitarte. Me acuerdo de las veces que mis padres tenían algo que hacer y me dejaban en tu casa para que me cuidaras, y pasábamos las horas jugando al parchís o a la oca, apostando monedas de duro, y te dejabas ganar para que me sintiera como si hubiera ganado una fortuna… era tu forma de darme la paga.
Me fui haciendo mayor, y como es típico de la adolescencia, me fui distanciando un poco de ti, pero el cariño mutuo nunca se perdió, siempre estabas ahí para alegrarte con mis logros, y para apoyarme en mis fracasos.
Empezaron a venir los malos tiempos, te hacías mayor y la edad empezaba a pasar factura. Un problema de cadera y una negligencia médica te dejaron postrada en una silla de ruedas, situación de la que nunca supiste reponerte del todo, pero llevabas adelante como podías. Al no poder valerte por ti misma, y por problemas de espacio en casa, te ingresamos en una residencia en Mairena, cerca, para poder cuidarte. Recuerdo que cuando no tenía coche ni moto, me cogía la bici e iba a visitarte siempre que podía, y aunque siempre me contaras las mismas historias, y dijeras las mismas retahílas, me encantaba sentarme a escucharte, y pasaba la tarde entera casi sin hablar, sólo escuchando.
Viste a mis hermanos casarse, conociste a la que hasta ahora ha sido la mujer de mi vida, y te quedó por cumplir ese sueño que tanto repetías: conocer a un sobrino-bisnieto.
Hace dos años nos dejaste, tras unos meses de una salud ínfima, y yo lo sabía. Cuando entré en la habitación del hospital para verte, te vi tan mal que no pude aguantar mucho tiempo allí, y cuando salí por la puerta, tenía la sensación de que era la última vez que te veía con vida… sensación que confirmé a la mañana siguiente, un 26 de abril de 2009.
Desde entonces, siempre que estoy contento me acuerdo de ti, siempre que estoy triste me gustaría que estuvieras conmigo… desde que te fuiste, he tenido las que quizá han sido para mi las dos peores situaciones que he vivido, y no estabas para darme tu apoyo… no sabes cuánto te echo de menos. Y si, tu sueño se cumplió, y aunque no la vieras nacer, durante un mes conviviste con Paula, tu sobrina-bisnieta.
DESCANSA EN PAZ, TITA (L).
